Al final nada cambió. El ruido de los motores ahogó el susurro del viento y la niebla se disipó para siempre. No hubo quién defendiera el páramo.

La tierra se secó y el silencio que quedó no fue de paz, sino de ausencia. Mi rugido se perdió en el olvido, y con él, la esperanza de un mañana verde.

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