Un fuego ardiente recorre mis venas. Este no es solo mi territorio; es mi hogar, la tierra que me ha dado refugio y alimento por años. Cada árbol caído es como una herida en mi propio cuerpo. Huir no es una opción. No hoy. Inspiro hondo, llenando mis pulmones del aire frío del páramo, y dejo escapar un gruñido profundo que retumba en el silencio. Es un sonido que habla de raíces antiguas, de una presencia que precede a las máquinas y a los hombres con sus herramientas afiladas. Me planto firme, mis patas anchas clavadas en la turba, haciendo frente al deforestador.
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